Lejos de las disculpas del entorno gastronómico, lejos de la nobleza del raviol y de los cinco en diecinueve, teñidos y corroídos por la lavandina; a la vuelta de la esquina y en la profundidad del arroyo nos encontramos con la naturaleza y el acecho de canguros. Flores que se aparecen entre piedras que sirven de base a falsos gallos y a tres días de descanso que tímidamente alientan la vagancia con fuego y algunas estrellas entre paréntesis que permiten la nueva mirada al horizonte.